Ramón López Velarde (1888-1921): THE ACCURSED HOMECOMING

Translated by Timothy Adès

El retorno maléfico

Mejor será no regresar al pueblo,
al edén subvertido que se calla
en la mutilación de la metralla.

Hasta los fresnos mancos,
los dignatarios de cúpula oronda,
han de rodar las quejas de la torre
acribillada en los vientos de fronda.

Y la fusilería grabó en la cal
de todas las paredes
de la aldea espectral,
negros y aciagos mapas,
porque en ellos leyese el hijo pródigo
al volver a su umbral
en un anochecer de maleficio,
a la luz de petróleo de una mecha
su esperanza deshecha.

Cuando la tosca llave enmohecida
tuerza la chirriante cerradura,
en la añeja clausura
del zaguán, los dos púdicos
medallones de yeso,
entornando los párpados narcóticos,
se mirarán y se dirán: «¿Qué es eso?»

Y yo entraré con pies advenedizos
hasta el patio agorero
en que hay un brocal ensimismado,
con un cubo de cuero
goteando su gota categórica
como un estribillo plañidero.

Si el sol inexorable, alegre y tónico,
hace hervir a las fuentes catecúmenas
en que bañábase mi sueño crónico;
si se afana la hormiga;
si en los techos resuena y se fatiga
de los buches de tórtola el reclamo
que entre las telarañas zumba y zumba;
mi sed de amar será como una argolla
empotrada en la losa de una tumba.

Las golondrinas nuevas, renovando
con sus noveles picos alfareros
los nidos tempraneros;
bajo el ópalo insigne
de los atardeceres monacales,
el lloro de recientes recentales
por la ubérrima ubre prohibida
de la vaca, rumiante y faraónica,
que al párvulo intimida;
campanario de timbre novedoso;
remozados altares;
el amor amoroso
de las parejas pares;
noviazgos de muchachas
frescas y humildes, como humildes coles,
y que la mano dan por el postigo
a la luz de dramáticos faroles;
alguna señorita
que canta en algún piano
alguna vieja aria;
el gendarme que pita…
…Y una íntima tristeza reaccionaria.

The village? Better not go back
to that subverted heart’s desire
silenced and smashed by rattling fire.
The worthy ash and alder trees,
once nobly domed, now amputees,
must hear the keening of the tower
riddled by winds of civil war.

And rifles have carved into the plaster
of every wall
of the village of disaster
black and ill-omened maps,
and the prodigal son returning
to his home on an evil night
may read there by the light
of an oily lampwick’s burning
his hopes’ and dreams’ undoing.

When the rusty key with a clumsy creak
turns in the lock of the antique
main front door to the hall,
the modest pair of plaster bosses,
with sleepy-lidded glances at
one another, will say, “what’s that?”

And I as one who intrudes
shall step inside to the delphic court
where the well-stone broods
with its leather pail, engrossed
in dripping its categorical drops
like the plaintive dirge of a ghost.

If the relentless, glad, reviving sun
heats up the young and studious streams
that bathed my old recurring dreams;
if ants are on the move,
or if the throaty clamour of the dove
humming among the cobwebs, sounds above
the rooftops and subsides, a languid hum,
my thirst for loving shall be as a ring
embedded in the capstone of a tomb.

The new swallows, renewing,
with their beaks new to the art of the clay,
their nests in the season of spring;
under the opal blazoning
of a monkish close of day,
the calves new-calved who bellow
for the udder, forbidden to flow,
of the ruminant pharaonic cow
that frightens the little fellow;
the bell-tower’s new-fangled peal above
the altars made young and new;
the couples, two by two,
lovers in love;
the girls fresh and modest,
humble as cabbages,
planning their marriages,
reaching round back doors in the oddest
pools of dramatic lantern-light;
some girl at some piano trilling
some old tune, more or less;
the sergeant’s whistle shrilling …
… reactionary, intimate distress.

Translation: Copyright © Timothy Adès

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